as parejas reales en las que nadie creía: las curiosas y accidentadas historias de amor de Charlene de Mónaco, Máxima de Holanda, Harald de Noruega y Victoria de Suecia

as parejas reales en las que nadie creía: las curiosas y accidentadas historias de amor de Charlene de Mónaco, Máxima de Holanda, Harald de Noruega y Victoria de Suecia

Nadie creía en que su amor pudiera con todo. Pero, a pesar de las dificultades, y de tener a la opinión pública en contra, estas parejas de royals europeas han demostrado que las suyas han sido uniones felices y duraderas. Charlène de Mónaco, Máxima de Holanda, Harald de Noruega y Victoria de Suecia lo tenían todo en contra para ser felices, pero supieron darle la vuelta a sus destinos.

Harald de Noruega y Sonia Haraldsen

Comenzaba la década de los sesenta y Harald y Sonia, hoy reyes de Noruega, trataban de llevar a término un romance en el que nadie creía y que muchos consideraban escandaloso. Era la primera pareja “desigual” entre un heredero real noruego y una plebeya. Las apuestas eran muy negativas: el matrimonio no sobreviviría y el daño a la realeza noruega sería irreparable. Sin embargo, han pasado más de 50 años de su boda en la Catedral de Oslo,y su matrimonio es uno de los más unidos y cómplices de la realeza.

Harald tardó nueve años en convencer a su padre, el rey Olav V, de que Sonia era la adecuada para el puesto. Pensaba que un matrimonio morganático daría al traste con la monarquía. Hoy, casi todos los matrimonios reales lo son. Desde Letizia a Máxima, pasando por Mary o Catalina, las reinas y herederas reales son jóvenes de clase media, formadas en la Universidad y con una vida profesional previa a su matrimonio.

Hay pocas historias tan románticas como la de Sonia y Harald. Se conocieron en la adolescencia. Ella era hija de un fabricante de tejidos. Su amor permaneció en secreto, mientras ella continuaba con sus estudios de moda y sus prácticas como costurera. Él siguió con su formación en la Escuela Militar y solo cuando cumplió 18 años le reveló a su padre su relación con Sonia. El rey le envió lejos a estudiar, a Oxford, y trató de que surgieran romances con algunas de las princesas europeas, entre ellas, la reina Sofía. Sonia le dio un ultimátum en forma de intento de suicidio a Harald y éste decidió amenazar a su padre con renunciar al trono si no se casaba con la joven. Finalmente, el Rey y el Parlamento aceptaron. La boda se celebró el 29 de agosto de 1968. La novia diseñó su propio vestido en seda blanca y pedrería y un discreto aderezo floral sujetaba el velo. Cuando sus hijos Haakon y Marta Luisa decidieron casarse con una exmodelo, madre soltera, y un excéntrico escritor que se paseaba por Londres vestido de mendigo, Harald y Sonia decidieron darles todo su apoyo. Haakon, el heredero al trono, y Mette Marit siguen juntos y felices; Marta Luisa se divorció hace cuatro años y de nuevo optó por la excentricidad. Su nueva pareja es un chamán californiano.

Victoria de Suecia y Daniel Westling

Hoy es Príncipe de Suecia y duque de Västergötland, pero tuvo que aguardar con paciencia que tanto la prensa como el “establishment” y la familia real dejaran de considerarle un “joven del pueblo” poco o nada apropiado para ocupar el puesto de rey consorte. Sin embargo, diez años después de casarse con Victoria de Suecia es la popularidad de la familia real ha aumentado. Muchos lo consideran un soplo de aire fresco en la dinastía Bernadotte, que ya vivió un matrimonio morganático en 1976, cuando el Rey Carlos Gustavo se casó con Silvia Sommerlath, de ascendencia alemana y brasileña, a la que había conocido en los Juegos Olímpicos mientras trabajaba de azafata. Pero, a pesar de ello, la primera reacción del rey fue la de ponerse furioso y se negó a aceptar semejante “disparate”. Hubo un tiempo en el que ni siquiera le dirigía la palabra a su hija.

Daniel siempre ha permanecido callado al lado de Victoria. Es un hombre sencillo, de ascendencia humilde: proviene de una familia de funcionarios y granjeros. Hoy tiene 47 años y nunca ha dado lugar a un mínimo escándalo. Victoria le conoció en 2002 cuando trabajaba como entrenador personal en uno de los más elegantes centros deportivos de Estocolmo y él fue el encargado de dirigir su puesta a punto. Tardaron en casarse ocho años y los obstáculos no fueron pocos. Daniel llegó a regentar tres gimnasios, pero tuvo que dejarlos al casarse.

Pero no solo su bagaje profesional, considerado muy insuficiente, y su origen familiar causaron problemas; también una enfermedad congénita del riñón que le obligó a pasar por un trasplante y que tuvo que aclarar que no era hereditaria y, por tanto no amenazaba a los futuros herederos.

El rey dio su visto bueno en 2009. Daniel tenía un bajo nivel cultural, pero empezó a seguir un detallado programa educativo en historia, política, protocolo o economía. Cambio su corte de pelo y escogió gafas más livianas y elegantes. La idea era dejar atrás su aire de modesto empleado de un gimnasio para que adoptara un estilo de joven empresario. La boda se celebró el 19 de junio de 2010 en la Catedral de San Nícolás, en Estocolmo. Ella portaba la impresionante tiara de camafeos de los Bernadotte que sujetaba un velo de encaje. Era la primera vez que se producía en Suecia un matrimonio real con alguien que no pertenecía a la realeza.

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Victoria y Daniel son hoy padres de una niña, Estelle, la heredera, y un niño, Oscar. Daniel parece haber aprendido su papel al milímetro: no solo a parecer el hombre cultivado que querían sus suegros, sino también a aceptar que debe caminar siempre un paso por detrás de la Reina, lo que no es fácil ni para los hombres de la nobleza. Su matrimonio parece feliz y los reyes Gustavo y Silvia complacidos. Daniel es un padre modelo que ha pedido las dos veces un permiso de paternidad. Y se ocupa de gestionar un programa de becas para emprendedores

Máxima Zorreguieta y Guillermo de Orange

Se conocieron en el año 2000 en la Feria de Sevilla, donde fueron presentados por Cynthya Kauffmann, una amiga común. Máxima adoraba la ciudad y bailaba sevillanas con gran estilo y Guillermo había acudido por primera vez de la mano de unos amigos. El flechazo fue inmediato. Máxima era una chica de la clase alta bonaerense, que había estudiado finanzas y trabajaba en la banca en una firma de Nueva York. Allí se codeaba con toda la élite social y pasaba numerosos fines de semana en los Hamptons, en los círculos más exclusivos. Sus modales eran exquisitos y su porte regio. Sin embargo, la reina Beatriz no vio con buenos ojos el matrimonio: era hija de un ministro del dictador Videla.

La Reina se negó incluso a conocerla y solo su marido, el príncipe Klaus, con una cena sorpresa, consiguió que finalmente Beatriz accediera a sentarse con ella. Quedó deslumbrada por su naturalidad, su inteligencia y su simpatía. Y convencida de que era la compañera que Guillermo necesitaba para ocupar el trono.

Beatriz dio su consentimiento. Habían pasado dos años desde el inicio del romance. Pero la tensión política contra Máxima no disminuyó. El Parlamento se opuso en un primer momento, cuando fue consultado por la Reina Beatriz, al enlace. En Holanda el heredero pierde el derecho al trono si se casa contra la voluntad del parlamento. Finalmente el Parlamento dijo sí, pero a cambio de que Máxima renunciara a la relación con sus padres en público. Incluso una comisión parlamentaria viajó hasta Buenos Aires para que Zorreguieta padre firmara un documento por el que se comprometía a no asistir a la boda de su hija. Tiempo después, en 2011, el Parlamento votó para que la argentina pudiera ser reina consorte, a pesar de sus vínculos familiares con la dictadura argentina, cuando su marido fuera coronado, lo que ocurrió el 30 de abril de 2013.

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Máxima y Guillermo se casaron el 17 de enero de 2002 y la novia llevaba un traje de Valentino y una espectacular tiara coronada por cuatro estrellas de diamantes. La gran sombra para Máxima fue la ausencia de sus padres. Pero dos décadas después del casamiento, el matrimonio de los hoy reyes de Holanda no ha mostrado ni una sola fisura, salvo las críticas recibidas por haber viajado a su mansión de Grecia en pleno confinamiento este otoño.

Charlène de Mónaco y Alberto

A diferencia de otros enlaces reales, que empiezan bien y acaban mal, el de Charlène de Mónaco y el Príncipe Alberto parece haber mejorado sustancialmente en los últimos años. La boda entre la ex nadadora sudafricana de 43 años y el soberano del pequeño principado de la Costa Azul, 20 años mayor, estuvo precedida de todo tipo de rumores que ponían en duda la verdad de aquel enlace. El más polémico, que la princesa había tratado de escapar de Mónaco unos días antes de la ceremonia y que había sido retenida en el aeropuerto de Niza para llevarla al altar. Charlène, vestida de Armani, fue una de las novias más tristes de la historia de la realeza. Alberto no tuvo ningún gesto de consuelo hacia ella. Su luna de miel fue también rara: ambos cónyuges la pasaron en hoteles diferentes, en Sudáfrica.

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Casi todo el mundo estaba convencido de que era verdad que ambos habían firmado un contrato según el cual su matrimonio debía durar cinco años, durante los cuales la nueva princesa debía quedarse embrazada para dar continuidad a la dinastía Grimaldi. Durante los primeros años, Charlène disfrutaba de vacaciones en solitario con amigos y apenas aparecía en público junto a su marido, ni siquiera en actos oficiales importantes. Llegó a no acudir al Baile de la Rosa hasta este último año, tras el nacimiento, en 2014, de sus hijos, los mellizos Jacques y Gabriella. La mala relación con su cuñada Carolina no era tampoco de gran ayuda.

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Pero las cosas han cambiado radicalmente. Charlène habló en público, por primera vez este año, de su matrimonio y, aunque esta declaración de amor hacia su marido ha llegado una década después del enlace, no deja de parecer genuina. “Es el príncipe de mi corazón” publicó, con motivo del Día del Padre, en las redes sociales de la Fundación Princesa Charlène. Ahora, además, ambos aparecen cogidos del brazo en todas sus apariciones públicas, la última en la Misa de Santa Devota, patrona del principado, en la Catedral de Montecarlo. Charlène parece feliz de verdad, quizá porque ha encontrado motivos para serlo en el hecho de ser madre y en su trabajo en las diferentes causas sociales que preside. Además, la princesa Carolina parece haber dado un paso atrás como representante de la familia principesca monegasca, dejando su espacio a Charlène.

Con el tiempo es posible que tanto Charlène como Alberto hayan escrito las reglas de su matrimonio y han dejado claro cuál es el espacio que comparten y cuál el que disfrutan por separado. Pero nadie diría hoy que no forman una verdadera familia junto a sus dos mellizos.

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