Emily Ratajkowski ha denunciado a un fotógrafo por abuso sexual, pero hay quien duda de su testimonio: ¿por qué no creemos a las modelos?

Emily Ratajkowski ha denunciado a un fotógrafo por abuso sexual, pero hay quien duda de su testimonio: ¿por qué no creemos a las modelos?

Una colección de ensayos que ha adelantado la revista ‘New York Magazine’ destapó el escándalo: Emily Ratajkowski ha acusado al fotógrafo Jonathan Leder de abuso sexual. Más aún: poco después, Leder publicó sin el permiso de la modelo un libro con las fotografías de la sesión en la que sucedió el abuso. El relato de aquella cita supuestamente profesional resulta familiar: se parece mucho a lo que contaban las modelos que sufrieron agresiones por parte de Terry Richardson, otro famoso fotógrafo favorito de la moda. En su caso, además de un abuso de poder (un hombre conectado en el negocio y muchos años mayor) parece haber habido intoxicación, pues Emily cuenta que cuando le pidieron que se desnudara, sirvieron vino que “una parte de mí se disoció”. “Había bebido tanto vino que puntos negros gigantes se expandían y flotaba frente a mis ojos”. Perfecto para evadirse del paso ineludible del consentimiento.

El relato de esa sesión fotográfica es, independientemente del momento concreto del abuso, un retrato detallado de todo lo que está mal en la relación entre el negocio y las modelos jóvenes: la sesión es nocturna, el equipo se reduce a una maquilladora que desaparece en el momento adecuado y modelo y fotógrafo terminan tendidos juntos en el sofá que pasa de escenografía a lugar del crimen. “La mayor parte de lo que vino a continuación fue borroso, excepto por el sentimiento”, cuenta Emily. “No recuerdo besos, pero sí que sus dedos estaban de repente dentro de mí. Más y más fuerte, y empujando y empujando como si nadie me hubiera tocado antes. Me dolía mucho. Llevé mi mano instintivamente a su muñeca y saqué sus dedos de mí con fuerza. No dije una palabra. Se puso de pie abruptamente y se escabulló silenciosamente hacia la oscuridad por las escaleras”.

Emily Ratajkowski tenía 20 años cuando sugrió esta agresión sexual. Hoy tiene 29 y ha cambiado casi todo desde aquella joven modelo que encontró su nicho de negocio en el desnudo y la lencería. Demasiado diminuta para desfilar pero orgullosa poseedora de un cuerpo lleno de curvas, no tardó en llamar la atención de los fotógrafos del negocio. La industria la había inculcado que debía ganarse “la reputación de trabajadora y tolerante” si quería trabajar. Desde sus inicios hasta su gran salto a la fama gracias al polémico videoclip “Blurred Lines” (2013) la han fotografiado sin ropa millones de veces. Tras el videoclip, el intenso debate sobre su letra machista de Robin Thicke y el papel de Emily en el mismo (sale bailando y paseándose desnuda), todo cambió para la modelo.

En estos últimos siete años, Emily Ratajkowski se ha convertido en CEO de su propia marca, desde la que despacha su propia colección de bikinis y lencería. Además, ha ido haciendo su propio camino por el feminismo, empoderándose para tomar las riendas de la exposición de su propio cuerpo (ahora es raro que se desnudo si no es para lucir la ropa interior mínima de su marca) y para manifestarse con el #MeToo, con #BlackLivesMatter o para pedir el voto para Bernie Sanders. De hecho, en la última portada para la revista ‘GQ’ que ha protagonizado el titular es clave: “CEO, modelo, activista”. Ni Kim Kardashian ha logrado afianzarse en tres posiciones tan distantes.

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En el ensayo que ha publicado “The New York Magazine” podemoscomprobar el esforzado denuedo con el que Emily Ratajkowski trata de recuperar el control sobre su propia imagen, fotografiada una y otra vez por paparazzis y paseantes (casi siempre hombres). De hecho, hasta se encontró con que el pintor Richard Price, probablemente entre los diez más cotizados del negocio de los contemporáneo, pintó alguno de sus retratos con poco ropa cuyos derechos guardan las revistas. Fotos por las que ella habia cobrado 150 dólares, pasaban a manos de los coleccionistas de arte por 80.000.

La cuestión del control de la imagen y el propio cuerpo de las mujeres está en el centro de todo esto. El fotógrafo Jonathan Leder no solo se vio con derecho a acceder al cuerpo de la modelo sin permiso, sino que le robó su imagen, pues publicó las fotos en un libro sin el permiso de Ratajkowski. La reacción de este profesional a las revelaciones de la modelo demuestran la hipocresía de una industria que exige a las modelos que muestren su cuerpo pero las castiga por ello. Alegó que las declaraciones de Ratajkowski eran “demasiado vulgares e infantiles como para ni siquiera responder a las mismas”. Y por si no se hubiera retratado lo suficiente, añadió: “¿Sabéis de quién estamos hablando, verdad? Esta es la chica que se desnudó en la revista ‘Treats!’ Esla misma que se retozaba desnuda en el video de Robin Thicke. ¿Realmente quieres que alguien crea que fue una víctima?”.

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Por lo general, las mujeres tienen dificultades para que sus denuncias de abuso sean creídas. Solo hay que recordar el caso de Harvey Weinstein: se necesitó prácticamente un río de famosas para que la justicia se decidiera a encerrarle. En el caso de las modelos, la credibilidad se pone aún más en cuestión: son observadas como herramientas, objetos, medios para un fin, y hasta se presupone que muchas de ellas acceden a los requerimientos sexuales para conseguir ascender en su carrera. Todo forma parte del mismo marco interpretativo que niega la autonomía a las mujeres: la cuestión no es evaluar moralmente la relación de estas profesionales con su cuerpo, sino insistir en que nadie puede acceder a él sin consentimiento.

Hace unos años, el hashtag #MyJobShouldNotIncludeAbuse destapó incontables casos de abuso sexual a modelos en el negocio de la moda, empezando por Cameron Russell, acosada sexualmente cuando solo tenía 17 años. Teddy Quinlivan denunció que, desde su primer casting, le dejaron claro que conseguiría más trabajo si accedía a mantener relaciones sexuales. Fue asaltada en varias ocasiones. Sin embargo, fuera de estos movimientos virales la recepción de las denuncias de las modelos suele ser de escepticismo. Por suerte, las modelos están construyendo sus propias estructuras de autodefensa. La asociación Model Alliance trata de proteger a las chicas con nuevas reglas de comportamiento en los platós que impidan un ambiente propicio a los abusos de cualquier tipo.

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