Estoril, el refugio de la familia real española después de la II Guerra Mundial

Estoril, el refugio de la familia real española después de la II Guerra Mundial

Estoril, situado en la costa atlántica de Portugal, fue el refugio de las familias reales que habían perdido el trono y de buena parte de la aristocracia europea tras la II Guerra Mundial. La época dorada de este exilio real fue entre 1946 y 1969. Todos huían de los avatares de la posguerra europea y encontraron en esta parte de la costa portuguesa, a pocos kilómetros de Lisboa y cerca de Cascais y Sintra, un lugar al sol, tranquilo, al lado del mar y de belleza encantadora. La zona era considerada como la “Riviera portuguesa” y se había puesto de moda a finales del siglo XIX porque la escogió la Familia Real lusa para sus veraneos. La Familia Real española eligió el lugar para pasar la mayor parte de sus años de exilio.

Don Juan y doña Mercedes fueron los primeros en llegar allí procedentes de Lausana (Suiza), donde vivía la reina Victoria y donde habían pasado varios años de su exilio, tras dejar Italia. Llegaron al hotel Palacio el 20 de enero de 1946. Un grupo de nobles españoles fieles a Don Juan les recibieron a su llegada. Más tarde, la familia se instaló en Villa Papoila, luego en Villa Bel Ver y finalmente, en 1949, en Villa Giralda, una construcción de tres plantas, de 700 metros cuadrados, rodeada por un jardín de más de 2.000 metros, que con los años sufrió numerosas reformas. El consejo privado de Don Juan solía reunirse allí. Los nobles españoles se turnaban para hacer compañía a la familia.

Tras la llegada de los Condes de Barcelona, llegaron a Estoril, los Condes de París, el Rey Humberto de Italia, con sus hijas Pia y Maria Gabriela, el rey Carol de Rumania, los Duques de Braganza, los príncipes de Brasil, los archiduques de Hungría o la familia real de Bulgaria. La aristocracia portuguesa los recibió a todos con los brazos abiertos.

La realeza vivió en Estoril una época dorada de reuniones, puestas de largo, celebraciones y expediciones marinas, lejos del sufrimiento y las privaciones que habían vivido en sus países de origen a causa de la guerra. Muchos de ellos recibieron apoyo económico del banquero portugués Espirito Santo. Para Don Juan, enfrentado a una dictadura que le había arrebatado su derecho al trono, Estoril era un lugar de exilio amargo, pero también de conexión con la nobleza monárquica muy cercano a España.

Don Juan y Doña Mercedes acudían a misa en la Iglesia de Santo Antonio acompañados de sus cuatro hijos, las infantas Pilar y Margarita y los infantes Juan Carlos y Alfonso. El rey emérito, al que entonces llamaban Juanito en la intimidad, estudió en el colegio Amor de Deus (en San Juan de Estoril) y en los Salesianos.

Los veranos eran una época de esplendor. Juanito, al igual que los jóvenes príncipes refugiados en Estoril, recalaba en las playas de Guincho y de Tamariz, en la terraza de Santa Marta, junto al faro de Cascais, una propiedad que pertenecía a la familia Espirito Santo y se llenaba de jóvenes de la realeza en verano, o en el Casino, donde la pandilla de “royals” se reunía para asistir a bailes de disfraces o juegos de sociedad. En el club náutico Don Juan Carlos, al igual que sus hermanos, aprendió a navegar. La vida no era fácil para el Conde de Barcelona, en su pulso con Franco para que su hijo fuera educado en España. El momento más terrible fue en 1956, con el fallecimiento del Infante Alfonso, con solo 15 años, cuando Don Juan Carlos, que tenía 18, manipulaba un arma que se disparó accidentalmente matando en el acto al joven infante.

Pero también hubo momentos felices, como la boda de Pía de Saboya, cuyo cortejo encabezó la reina Victoria Eugenia, que vino expresamente desde Lausana, o la puesta de largo de la infanta Pilar, en la que actuó la mítica bailaora Pastora Imperio.

La Infanta doña Margarita sigue teniendo un apartamento en Estoril. De aquellos años recuerda sus escapadas en bicicleta, su afán de trepar por los tejados y de hacer todo lo que hacían sus hermanos a pesar de su ceguera. Era muy buena nadadora y encajaba con gran sentido del humor las bromas de su hermano Juanito. La ya fallecida Infanta Pilar residió en Portugal 30 años: “Portugal es mi tierra y España mi país” solía decir. La infanta recibió condecoraciones del gobierno portugués por su labor como enfermera en el Hospital dos Capuchos.

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