La historia de Paola de Lieja, la reina emérita de Bélgica que no pudo divorciarse: fue la princesa más bella, elegante y sofisticada de la realeza europea y se vengó de las infidelidades de su marido con una canción de Adamo

La historia de Paola de Lieja, la reina emérita de Bélgica que no pudo divorciarse: fue la princesa más bella, elegante y sofisticada de la realeza europea y se vengó de las infidelidades de su marido con una canción de Adamo

Alberto de Bélgica y Paola Ruffo di Calabria, hoy reyes eméritos de los Belgas, se conocieron en 1958, en la embajada belga en Roma, con motivo de la coronación del Papa Juan XXIII. Paola pertenecía a una de las familias con más linaje de Italia y no se perdía ninguna fiesta o acto social en Roma o en la Riviera Italiana. El flechazo fue inmediato. Se dice que Alberto alquiló un Alfa Romeo para pasear y ganarse su aquiescencia. Se comprometieron en los jardines de Villa Borghese y pasearon su amor por playas y pistas de esquí. Paola era siempre la más chic, con gafas de sol o fumando un cigarrillo. Al contrario de lo que le sucede a la Gran Duquesa María Teresa de Luxemburgo, que ha tenido muchos problemas por su carácter difícil, a Paola la adoran sus súbditos.

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La boda llegó ocho meses después, el 2 de julio de 1959, en la catedral de Santa Gúdula, en Bruselas. Paola llevaba un vestido de línea romántica, en satén blanco y con una cola de cinco metros de la diseñadora italiana Concenttina Bonano, que era su modista personal. Se cubría con un antiguo velo de encaje de Bruselas sujeto por una guirnalda de flores de azahar. Terminada la ceremonia, los novios, en coche descubierto, se dirigieron al Palacio de Laeken donde tendría lugar el banquete de bodas. Y Justo después iniciaron su luna de miel, con la primera etapa en Palma de Mallorca.

Paola tenía 22 años–nació el 11 de septiembre de 1937 en Forte de Marmi. Sus padres eran el príncipe Fulco Ruffo di Calabria, VI Duque de Guardia Lombarda, y de la Condesa Luisa Gazelli di Rossana e di Sebastiano–. Se convirtió pronto en la estrella de una Europa en la que las Casas Reales eran todavía templos de rigidez y severidad. Solo Grace Kelly, que acababa de convertirse en princesa de Mónaco, rivalizaba con ella.

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Pero Paola siempre fue distinta. De piel resplandeciente, rubia (muy parecida a Beatrice Borromeo), vestía minifalda y corsés, y conducía una vespa. Le encantaba el rock. Su primer hijo, Alberto, actual rey de los belgas, nació en abril de 1960. Dos años después llegó la princesa Astrid y casi enseguida el príncipe Lorenzo. Los reyes Balduino y Fabiola, que no conseguían tener un hijo propio, decidieron ocuparse de la educación de sus sobrinos. Paola era demasiado espontanea, no conocía la lengua flamenca y carecía de preparación. Se aburría en los actos oficiales, y no lo ocultaba, y frecuentaba las discotecas de moda. Todos los flashes se centraban en ella.

Puso de moda los sombreros turbante, los escotes en la espalda, el “animal print”, los abrigos de piel, los vestidos midi, los pañuelos en la cabeza, los recogidos y las sandalias planas. Su estilo era una mezcla entre Audrey Hepburn y Jackie Kennedy. Todas las jóvenes europeas querían ser como ella.

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Pero el matrimonio de Paola y Alberto empezó a tambalearse. La razón: las constantes infidelidades de Alberto. En 1968 nacía Delphine Boël, la hija ilegítima del príncipe con la aristócrata Sybille Selys Longchamp, que hoy ha sido reconocida, tras años en los tribunales. Alberto estuvo 18 años con Sybille. Paola quiso divorciarse. La Casa Real de uno de los reinos más católicos de Europa se opuso, pero también se cuenta que hubo un divorcio preparado y que no prosperó porque Sybille Selys Longchamp se echó para atrás en el último momento.

Pero Paola sabía cómo devolverle los golpes a Alberto. El cantante Adamo le dedicó una canción, “Dolce Paola”, y no se sabe si algo más. La princesa fue vista en una playa de Cerdeña abrazada al fotógrafo de Paris Match Albert Adirent de Munt, también casado, ambos en bañador, aunque parece que todo fue un montaje y que el fotógrafo aristócrata había avisado a los “paparazzis”. El escándalo en la corte de Balduino y Fabiola fue mayúsculo. Pero los devaneos no cesaron. A Alberto se le relacionó con la actriz Elizabeth Dolac o la modelo Memphis, y a ella con su compatriota el financiero Aldo Vastapane.

Se limitaron a vivir en alas separadas del Castillo de Belvedere. Pero, tras años de desencuentros, la relación mejoró, coincidiendo con la celebración de las bodas de plata. En 1993, Alberto se convirtió en rey hasta que abdicó en 2013, y Felipe ascendió al trono. Parece que esos veinte años fueron los más estables de su matrimonio. El reconocimiento de Delphine Boël por parte del rey emérito no ha alterado su unión. Paola está entregada a los actos de la fundación que lleva su nombre. Pasa el tiempo con sus nietos, escuchando música y dedicada a los palacios reales y sus jardines. A sus 85 y 83 años la complicidad de Alberto y Paola no se ha roto. Han optado por separar su patrimonio para ser independientes financieramente el uno del otro. El objetivo, según apunta la prensa belga, sería proteger la herencia de la reina Paola tras el reconocimiento de Delphine Boël, a la que Paola ha recibido con cordialidad. Los años han apagado los errores de su juventud.

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