La trágica vida de la Bella Otero, el icono de la Belle Époque que afirmó haber seducido a seis monarcas y murió arruinada

La trágica vida de la Bella Otero, el icono de la Belle Époque que afirmó haber seducido a seis monarcas y murió arruinada

“Nací pobre, pero increíblemente bella”. Con esta frase arrancan las memorias de Sara Montiel pero bien podría tratarse, también, del comienzo de las de la Bella Otero. Agustina Otero Iglesias nació el 19 de diciembre de 1868 en Valga (Pontevedra) aunque ella aseguraba haber llegado al mundo el 4 de noviembre. La gallega habría reventado el polígrafo. La suya es una historia construida a base de fábulas. Hija de madre soltera no conoció en la infancia otra cosa que la miseria y el abandono. Aunque en sus memorias, Les souvenirs el la vie intime de la Belle Otero, redactadas por Claude Valmont en 1920, se permite la licencia de disfrazar a su madre de exitosa bailarina gitana y a su padre ‘incógnito’ (como se decía entonces) de militar aristócrata griego. Hay quien especula con la posibilidad de que fuese hija del párroco local, pues ninguno de sus cuatro hermanos fue reconocido por ningún progenitor.

A los 10 años Agustina fue violada por un hombre apodado como Conainas, de profesión zapatero, que se dio a la fuga dejando a la niña desangrándose y con la pelvis rota a la vera de un camino a las afueras de la aldea. Según el parte médico del 6 de agosto de 1879, la violación fue acometida de forma tan brutal que tuvo que ser trasladada de forma urgente al hospital Real de los Reyes Católicos de Santiago. Otero quedó estéril y estigmatizada para siempre. Cansada del desprecio y el rechazo de sus vecinos a los 12 años cogió el petate y no le volvierona ver por allí. Unos dicen que se marchó acompañada de un tal Paco, presunto novio que la dejó en la estacada lusa, y otros que se unió a una compañía portuguesa ambulante. Una tercera versión defiende que de donde se escapó fue de un convento de monjas oblatas (dedicadas a acoger a mujeres en sus mismas circunstancias) y se dedicó a servir hasta que se unió al mundo del espectáculo tras un encuentro casual con un titiritero mientras fregaba un portal. Lo único en lo que coinciden todas las traducciones es que apareció como bailarina en Barcelona y rebautizada como Carolina Otero. Actividad artística que compaginaba con la prostitución.

En la ciudad condal (otros dicen que fue en Marsella) la descubrió en 1889 el empresario estadounidense Ernest Jurgens que rápidamente se convirtió en su mecenas por amor. Tanto talento no podía ser desaprovechado en tascas cuyo único público eran los desheredados. Juntos inventaron el pasado de la artista, uno que la acreditaba como una gaditana que a los 12 años se había casado con un aristócrata italiano pero que había renunciado a todo por amor, por amor al arte. Tras unos meses de ensayos en París debutó en Nueva York en septiembre de 1890. El diario Evening Sun publicó: "Es una condesa, pero algunas personas dicen que esta asombrosa joven española se llama a sí misma simplemente Otero y dejó su título a un lado". Lo que demuestra que nadie se cuestionó la versión de la pareja.

Después del éxito cosechado en América, la ya apodada por su público –o por ella misma– como Bella Otero recorrió con su espectáculo de cantes y bailes sensuales las principales capitales de Europa y Sudamérica. Su maestría era mucho más instintiva que técnica –suplía todas sus carencias a base de picardía– pero llegó a protagonizar obras de teatro y óperas. Ninguna cima es inalcanzable para el hambre. Son muchos los que aseguraban que su éxito se debía únicamente a su figura. Maurice Chevalier, que la trató, escribió: “todo se reducía a sexo, sólo a sexo”.

Considerada la mayor belleza de la Belle Époque (hoy los cánones estéticos son muy distintos), la Otero fue la primera artista española celebrada internacionalmente. Eso es incuestionable. Una vez se hizo con el trono de la cara oculta de la pazguata burguesía y la cínica aristocracia abandonó a Jurgens, que acabó en la ruina y suicidándose en una pensión de tres al cuarto. Se cree que Agustina fue la causa de otras seis muertes voluntarias y por este motivo se le apodó como ‘La sirena de los suicidios’.

Privada del placer físico y emocional tras la violación sufrida en su infancia, Carolina se dejó querer. “He sido esclava de mis pasiones, no de los hombres”, reconoció Otero. Los cuentacuentos dicen que sus pretendientes la cubrieron de joyas de la cabeza a los pies, le donaron sus fortunas e incluso uno le regaló una isla. Todo era poco por pasar un rato con la Bella Otero, que nunca prometió a sus acompañantes exclusividad.

Entre sus amantes, llegó a asegurar que se incluían seis monarcas: el príncipe Alberto I de Mónaco, Leopoldo II de Bélgica, Alfonso XIII de España, el zar Nicolás II de Rusia, el káiser alemán Guillermo II y Eduardo VII de Inglaterra cuando aún era príncipe de Gales. Lo cierto es que no mantuvo ningún contacto íntimo ni con el soberano español ni con el zar pero habría que añadir a este libro de visitas al príncipe Nicolás de Montenegro (que le regaló una joya de la corona) y al gran duque Pedro Nikoláyevich de Rusia.

Otero también sirvió de musa para escritores como Gabriele D’Annunzio y pintores como Renoir y Toulouse-Lautrec. Las cúpulas del hotel InterContinental Carlton de Cannes están inspiradas en sus pechos pues el arquitecto que lo diseñó, Charles Dalmas, bebía los vientos por la Bella Otero. Su gran amiga la novelista Colette recoge en su libro Mi aprendizaje que sus senos “eran de forma curiosa, recordando a limones alargados, firmes y con pezones dirigidos hacia arriba”.

Después de haber tocado el cielo del espectáculo con la punta de todos y cada uno de sus dedos –llegó a convertirse en el mayor atractivo del Folies Bergère– y de la alta sociedad decidió retirarse al inicio de la I Guerra Mundial. Desde entonces se dedicó a lo único que le hacía feliz: apostarlo todo al rojo. Despilfarró toda su fortuna en la ruleta del casino de Montecarlo. Si no se hubiese visto obligada a solicitar con 86 años una pensión al gobierno francés para subsistir jamás hubiésemos llegado a conocer, al menos una parte, de la verdadera historia de Agustina Otero.

Para la concesión de estas ayudas la Seguridad Social exigía el acta de nacimiento, por lo que la Bella Otero se tuvo que poner en contacto con el alcalde de su aldea natal.A través de esta anécdota minúscula en una vida llena de hechos excepcionales se pudo comenzar a reconstruir su trayectoria vital. Murió el 12 de abril de 1965 en una pensión de Niza a los 96 años, rodeada de recortes de periódico que le recordaban un pasado que tal vez no fue tan feliz. se fue del mundo peor que vino. Hacía años que su único entretenimiento era dar de comer a las palomas. La Otero sólo disfrutó de dos placeres: el uno era ganar y el otro perder. La Bella Otero era irrepetible, indescriptible e inimitable: en el cine la interpretó María Félix, y en la televisión italiana Ángela Molina.

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