Los secretos del Buckingham Palace

Los secretos del Buckingham Palace

La reina no quería vivir en el palacio de Buckingham. Antes de su coronación tenía decidido continuar residiendo en Clarence House, la mansión también en el centro de Londres en la que había formado un hogar junto a su esposo, Felipe de Edimburgo. Sin embargo, Winston Churchill le hizo entender que la Corona precisaba un escenario más apropiado a su grandeza.

Desde entonces, hace 66 años, Isabel II sigue sintiendo Buckingham solo como su lugar de trabajo, del que escapa los fines de semana para disfrutar de los jardines del castillo de Windsor y en verano, de la paz campestre en el escocés palacio de Balmoral. La cadena de televisión británica Channel 5 ha visitado esas residencias reales para mostrar detalles desconocidos y curiosidades domésticas de la vida de ‘Su Graciosa Majestad’. El resultado es el documental ‘Secrets of the Royal Palaces’, cuya primera y sorprendente entrega abre de par en par las puertas de Buckingham. ¿Les apetece entrar?

Su rincón privado

Es muy posible que la reina no haya pisado nunca alguna de las 775 estancias en que se dividen los 77.000 metros cuadrados de su palacio. De ellas, 19 se dedican a responsabilidades de Estado —recepciones, almuerzos, reuniones…—; 92 son oficinas; 52, dormitorios para invitados; 188 habitaciones las utilizan los miembros del servicio y ninguno de los 78 baños está dentro de los dormitorios, un detalle que rebajaría notablemente el valor de cualquier otra vivienda de lujo. En un día sin actos oficiales, Isabel II apenas sale de su apartamento privado, ubicado en un ala del palacio, nueve habitaciones a las que solo accede la familia y su servicio personal.

El banco a domicilio

Coutts es una entidad bancaria que presta servicio a la familia real y que se encarga del mantenimiento de un cajero automático instalado en palacio. No es que la reina necesite metálico con frecuencia, de hecho casi nunca lleva dinero encima salvo cuando acude a un oficio religioso en el que pasan el cepillo, pero hay que cubrir todas las eventualidades, incluso la estética de los billetes que lleve en el bolso para la iglesia: “Su mayordomo plancha un billete de cinco libras esterlinas en un pequeño cuadrado doblándolo hasta que solo se puede ver su cara”, se comenta en el documental.

Un buen trabajo

Las casi 200 personas que atienden las necesidades de Isabel II y que se ocupan del mantenimiento del palacio son considerados funcionarios privilegiados: alojamiento gratis para la mayoría de ellos, sueldos altos que incluyen complementos —como que el servicio cuenta con su propia piscina— y un ritmo de trabajo relajado, como explica un lacayo real ya retirado: “Algunas veces no hay nada que hacer, así que puedes tomarte el día libre. En otras ocasiones solo trabajas 10 minutos a las 3 de la tarde. Muchas veces yo me ponía el uniforme solo para encontrarme con una esteticista que venía de Harrods o de un spa para cortar las uñas al príncipe Andrés. Me ponía el uniforme, esperaba en la puerta lateral para llevar a la pobre mujer que estaba temblando como una hoja porque iba a encontrarse con uno de los miembros de la realeza, esperaba a que le cortaran las uñas y luego la acompañaba de nuevo a la puerta”.

Problemas con el alcohol

Hasta hace un tiempo, el personal de Buckingham disponía de un bar para relajarse después de su jornada laboral. La reina entiende que una copita de vez en cuando puede ser un regalo para el paladar y contribuir al buen ánimo. Darren McGrady, que fue su chef, asegura que ella solo bebe en la cena y si lo hace, suele elegir un vino alemán, aunque también sabe apreciar una buena ginebra con un toque de Dubbonet, un licor dulce y especiado. La moderación de Isabel II con la bebida parece que no era compartida por muchos de sus asistentes, de manera que no hubo más remedio que cerrar el bar.

Siéntase como en casa

“La reina es tal como se ve. Es muy amable y se da cuenta de que todos están nerviosos al conocerla, por lo que siempre hace todo lo posible para que te sientas a gusto”, comenta otro de sus antiguos lacayos. Kevin Andrews, que fue tapicero real, recuerda en el documental una anécdota que refuerza esa impresión. Un operario estaba reparando el escritorio de uno de los despachos de palacio cuando escuchó que una voz femenina a su espalda le ofrecía un té. Sin volverse, contestó: “Sí. En una taza. Dos terrones. Té para constructores”, una forma coloquial de pedir un té bien fuerte. Y puntualizó: “No quiero ninguna de esas tonterías de la última vez que estuve aquí, toda esa porcelana fina y esos platillos…”. Poco después, escuchó de nuevo la misma voz: “Le he dejado el té aquí sobre la mesa”. Fue entonces cuando se volvió y observó que la reina abandonaba la habitación. No le salió la voz ni para decir gracias.

Una ciudad entre muros

Las dimensiones de Buckingham, cuya construcción finalizó en 1703, son coherentes con la residencia de la que fue soberanía de un imperio. Baste un ejemplo para explicarlo: en el salón de baile cabrían tres autobuses de dos pisos colocados uno encima de otro. De hecho, el palacio es una pequeña ciudad entre muros con su estafeta de correos, un quirófano completamente equipado, una piscina cubierta, espacios para la práctica deportiva, caballerizas ubicadas en una parte de las 16 hectáreas de jardines y una pinacoteca, la Queen’s Gallery, que exhibe 450 obras de maestros de todas las épocas. El entorno es tan magnífico como poco acogedor. No es de extrañar que el príncipe Guillermo haya adelantado que cuando ocupe el trono fijará una nueva residencia real, de modo que es probable que el palacio termine convertido en museo nacional.

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