Una tiara con corona, unos incómodos pendientes… Las joyas que las novias Romanov debían llevar en sus bodas

Una tiara con corona, unos incómodos pendientes… Las joyas que las novias Romanov debían llevar en sus bodas

De seguir reinando hoy en Rusia los Romanov, la nueva princesa Victoria, casada por lo civil la semana pasada con el gran duque Jorge, heredero de la actual pretendiente al trono ruso, tendría que cumplir con una serie de tradiciones en lo que atañe a su vestimenta en la Catedral de San Petersburgo, escenario de la boda religiosa que la pareja celebra este viernes 1 de octubre. Muchas de esas tradiciones afectaban a las joyas de las novias Romanov. Las grandes duquesas debían portar en su boda una serie de joyas muy específicas, como detalló en sus memorias la gran duquesa María Pávlona, nieta de Alejandro II. La gran duquesa María Pávlona se casó en 1908 en la Villa de los Zares de San Petersburgo, donde de tan pesadas que eran las joyas que fueron colocándole sobre su cuerpo, necesitó que alguien le ayudara a levantarse de su asiento antes de acudir a la ceremonia.

“Primero, estaban la diadema de la emperatriz, con un diamante rosa de una gran belleza en el centro, y la pequeña corona de terciopelo carmesí, toda recubierta de diamantes. Luego venían el collar de diamantes, el brazalete, y los pendientes en forma de cerezas, tan pesados que tuvieron que ajustarlos a aros de oro y anillarlos sobre las orejas. Finalmente, me colocaron sobre los hombros un manto con capa de armiño, abrochado con un inmenso diamante. Alguien me ayudó a levantarme. Estaba lista”, relata en sus memorias la gran duquesa María Pávlona.

El diamante rosa “de gran belleza” al que se refiere procedía del tesoro de Pablo I de Rusia, emperador hasta su asesinato en 1801, y tenía 13 quilates. En algún momento de su reinado, el diamante fue empleado para la confección de una tiara para su consorte, la emperatriz María Fiódorovna, usándose a partir de entonces esta joya en las bodas de las grandes duquesas o de las esposas de los grandes duques de la familia Romanov. Cuajado de otros diamantes de varios tamaños, el diseño de la joya está inspirado en el Kokoshnik, un tocado tradicional de Rusia que reproducen otras muchas tiaras reales euroepas y que, según contó ella misma en una entrevista, también se ha tenido en cuenta en el diseño de la nueva tiara que lucirá este viernes la esposa del gran duque Jorge en su boda.

La tiara nupcial de la familia imperial rusa puede contemplarse en la actualidad en el Kremlin de Moscú, como parte de la exposición de gemas y metales preciosos estatal.

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Además de la tiara del diamante rosa, las novias Romanov llevaban la denominada Corona Nupcial Rusa, una pequeña corona en forma de orbe que la emperatriz Alejandra llevó el día de su boda con el zar Nicolás II, el último emperador de Rusia. La joya está forrada de terciopelo de color carmesí y su montura de plata lleva engarzados 320 diamantes de unos 182 quilates en total y otros 1200 diamantes más pequeños de hasta 80 quilates, algunos procedentes de un cinto que había pertenecido a la famosa emperatriz Catalina la Grande. Las novias de la familia Romanov se la ponían detrás de la tiara antes referida, de manera similar a lo que hicieron la reina Federica de Grecia, madre de doña Sofía, y otras novias de la Casa de Hannover con la coronita de esta familia alemana el día de su boda.

La Corona Nupcial Rusa sobrevivió a la revolución rusa y fue adquirida en una subasta celebrada en 1967 por la casa Christie’s por Marjorie Merriweather Post, una rica e influyente empresaria estadounidense aficionada a coleccionar arte y joyas de la Rusia prerrevolucionaria. Al igual que otras piezas de su colección, la corona de las novias Romanov forma parte actualmente del museo de artes decorativas de Hillwood, la antigua residencia de Post en Washington D. C.

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En cuanto a los pendientes de las grandes duquesas, tenían forma de cereza y procedían de la colección de Catalina la Grande. Tal y como explicó la gran duquesa María Pávlona en sus memorias, pesaban mucho, tanto que necesitaban unos segundos aros enroscados en la oreja para distribuir su peso. Eran bastante incómodos. “Mis pendientes me hacían tanto daño que en mitad del banquete me los quité y, para gran asombro del emperador [Nicolás II], los colgué del borde de mi vaso de agua”, contaba también la gran duquesa María Pávlona en su libro.

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Tanto el collar como el brazalete con los que se adornaba a la novia estaban también hechos con diamantes. Al peso de todas estas joyas había que añadir el del broche que cerraba la capa de armiño que envolvía el vestido de la novia, una joya de diamantes que más que un broche parecía un escudo, pues abarcaba casi todo su pecho. Al igual que la tiara y los pendientes de cerezas, hoy el broche forma parte de la colección de joyas del Kremlin. El collar y brazalete imperiales, por el contrario, fueron vendidos tras la revolución rusa y se ha perdido la pista de su paradero.

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