Almendros en flor

Almendros en flor

No me escondo: la flor del almendro me parece la flor más bonita del mundo y por eso no me puede emocionar más ese final litúrgico de El último samurái, aquella película más bien olvidable con Tom Cruise disfrazado de guerrero medieval en el antiguo Japón. La banda sonora (de Hans Zimmer), por cierto, es maravillosa. También el personaje que construye Ken Watanabe, tan dulce y tan espartano, que vive y muere (ups) fiel al sentir del samurái: “La vida es solo un sorbo / un sorbo de aire fresco. Como las flores perfectas / del cerezo”.

Y es que resulta que la flor del cerezo (prima hermana de la flor del almendro, ambas pertenecen a la familia de las rosáceas), que en Japón llaman Sakura, era el símbolo de los samuráis porque muere desprendiéndose de sus ramos en el apogeo de su belleza, como el replicante Roy Batty en ese otro final apabullante, el de Blade Runner. El cine, tantas veces, es nuestra poesía. Por eso cada primavera celebran la llegada de la primavera y la floración del cerezo con el ritual del hanami: un pícnic bajo los árboles en flor y la contemplación de la belleza sin más razón de ser que la contemplación de la belleza. Exactamente eso debería ser la vida, ¿no?

“Salir todas las noches, arreglarte el foulard con cariño esmerado ante el espejo, embriagarte en belleza cuanto puedas”.

Es (cómo no) Luis Antonio de Villena y me viene al pelo para trasladar esa tradición nipona a nuestra primavera, nuestras tradiciones y nuestros almendros: porque pocos lugares en el planeta pueden presumir de una floración tan bella como el valle del Jerte en Extremadura, un manto de más de un millón y medio de cerezos en flor a la vera de la sierra de Gredos, una fiesta pagana en honor de la naturaleza más salvaje (es la que más que nos pone) al son del tempo único de los pueblos de nuestro interior, la España lenta de Valdastillas (con la cascada del Caozo), Rebollar o Navaconcejo. El momento, claro, oscila cada año pero finales de marzo o principios de abril, con el primer verdor; las frutas llenarán de colores tu mesa y la piel se dejará barnizar por los primeros rayos de sol. Es tu piel mudando como los árboles y las ganas.

Además del Jerte, otro lugar (quizá no tan habitual) donde rendirse al ‘Stendhalazo’ del rosa y el blanco es la sierra de Tramontana, Patrimonio de la Humanidad y cuna de amores posibles: “Mallorca es el paraíso, si puedes resistirlo”, le dijo Gertrude Stein a Robert Graves tras conocer Deià, un idílico pueblito en el corazón de esta serranía que rinde culto al almendro, el olivo y la feina. Como para no amar Mallorca. Siete millones de almendros florecerán inundando el campo de matemática pureza, la ecuación imposible de las cosas bonitas. Puedes (y debes) disfrutar de un café eterno en los jardines del hotel Belmond La Residencia y cenar prontito en la terraza de Es Racó des Teix, mirando de reojo a las montañas y de frente a los ojos de quien te mira.

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