Dinero, viralidad y marcas de lujo: con este libro entenderás de dónde sale Rosalía (y C. Tangana, La Zowi o Yung Beef)

Dinero, viralidad y marcas de lujo: con este libro entenderás de dónde sale Rosalía (y C. Tangana, La Zowi o Yung Beef)

Cuando te llama el New York Times, contestas. Yo lo hice el día que me llamaron para preguntarme cosas referidas al flamenco y Rosalía. Las preguntas no eran distintas a las que nos habían hecho antes otros medios y en otras ocasiones –siempre por algo polémico, nunca por algo excelente– a los que sabíamos algo sobre ese género. Intenté ser precisa e ir un poco más allá de lo evidente, pero las citas resultantes fueron las de siempre. Hoy tengo más claro que entonces que ese resultado fue también en parte culpa mía.

Nunca entré en el debate de si lo que hacía Rosalía era o no era flamenco, en parte porque siempre intuí que había que explicarla desde otro lado. Y no necesariamente desde otra música. "¿Qué otra música?”, me dijo un crítico musical curtido despreciando el trap o el reguetón con furia. Me chocó esa resistencia que desarrollaron algunos compañeros ante una expresión cultural (¿qué más da si es música o performance?), tanto el desprecio (que presencié alguna vez) hacia quienes disfrutaban e intentaban narrar las músicas urbanas. Buena parte de esa gente "vive" en El Bloque.

El Bloque se define como “un colectivo de comunicadores y realizadores visuales apasionados por el presente” y son autoras de Making flu$, un libro que edita Penguin  donde se explican las raíces, los ropajes, escenarios, vicisitudes e idiosincrasia de la música urbana, donde se enmarca el trap, pero también el flamenco. Es la misma gente que en 2017 montó su programa en Youtube para contar todo eso que no les admitían (ni en fondo ni en forma) en ninguna parte que no fueran blogs o medios tan underground que no llegaban más que a ellos mismos. 

Un día me llamó El Bloque TV, no las conocía pero acudí por una extraña empatía derivada de haber oído demasiadas veces en mi vida esta frase: “A mí es que no me gusta el flamenco”. Me la ha dicho mucha gente sin que yo pregunte y suelen ir acompañada de un gesto de disgusto. Yo sé perfectamente en qué piensan cuando dicen eso y a veces les he sugerido que escuchen, que piensen, que lean. Otras, harta, me he callado. Por lo que yo oía en mi entorno sobre esa música que El Bloque adoraba, pensé que debía pasarles un poco lo mismo. Y les pasaba: quizás por eso las preguntas que me hicieron en aquella entrevista no fueron como las del New York Times. No buscaron titulares, ni que les hablara de revolución. Lo único tópico aquella tarde fue la silla de tablao que me ofrecieron.

Ellas ya sabían quién era Rosalía, pero no por lo mismo que yo, que entré en contacto con ella por sus actuaciones en el ciclo de nuevos talentos que celebraba la cantaora Mayte Martín en el bar Mediterráneo de Barcelona; por moverse en el entorno de la Escola Superior de Música de Cataluña donde acuden los flamencos en ciernes o por el homenaje a Maruja Garrido del que formó parte en el marco del Festival Ciutat Flamenco de 2014. El Bloque sabía de su formación flamenca, pero la conocían más de la escena urbana, que la llevaban a aparecer en vídeos como el de "Saturno", obra de Dano. Al acabar aquella entrevista, pensé que “Rosi” era más suya que mía. Da igual que coqueteara con el flamenco, algo que ni siquiera es exclusivo de ella: C. Tangana se está encargando de confirmar con cada estreno la relación, estechísima, entre todas las músicas urbanas.

https://youtube.com/watch?v=dS4WzkMuBgs%3Frel%3D0

Los orígenes

También de eso se habla en Making flu$, un libro dividido en capítulos que tienen vida propia, y que cuentan cuentan de dónde viene y qué son las músicas urbanas que, por comodidad y (por tiranías del SEO), algunos llaman trap lo sea o no en cada caso.

Aleix Mateu, por ejemplo, echa la vista atrás y pone el foco en Mala Rodríguez, que en el Festival Primera Persona de 2019 me dijo que lo que hacia Rosalía lo hacía ella 20 años atrás. Lo dijo con retintín y para provocar, pero tenía razón porque fueron ella, Sonia Cuevas o Ariana Puello quienes le dieron un golpe de timón al rap ibérico y pusieron las bases para lo que pasó luego en la escena urbana. Y como recuerda Madjody en las páginas de Making flu$, no es casualidad que en el concierto que dio la andaluza el 2 de noviembre de 2013 en la Sala Apolo de Barcelona para presentar Bruja, subiera al escenario, entre otros, a Cecilio G. Ningún hecho aislado lo explica todo, pero fue un augurio de lo que estaba por venir.

Lo sabe bien el citado Madjody, otro de los autores, que en su capítulo “croniquea” el fenómeno hablando de Show Bizness, el programa dedicado al rap que hacía junto a otros compañeros sin medios y sin miedo, desde el Raval de Barcelona. Allí preguntó de todo a todo el que acabó siendo alguien en la música urbana. “Ser alguien” entonces era tener 25.000 visitas en un vídeo colgado en Youtube: era el caso de C. Tangana cuando él lo entrevistó. Hoy, su último estreno con la radio pública americana y en colaboración de Kiko Veneno o Antonio Carmona, alcanzó el medio millón de clics el primer día. Porque ese otro aspecto que queda muy bien retratado en este libro: cómo lograron esos “apestados” convertirse en estrellas pop.

Qué hacemos con el reguetón

Internet tuvo la “culpa”, por supuesto, pero también algo que destaca Madjody, al describir a ese grupo como “una de las generaciones más identificadas con el ‘nada que perder’”. Algo de eso hay también en Rosalía, a quien el autor atribuye algo que se repite, pero se tiene poco en cuenta a la hora de entender su éxito estratosférico: lo tiene todo claro, desde quien la acompaña, lo que quiere y cómo.

Ella es la que más lejos y a rincones más diversos ha llegado y también la que más se ha analizado. Incluida su ropa, ámbito en el que no ha creado escuela, ya existía. Lo que hizo la catalana fue llevarla hasta Times Square. Pero lo que hay tras esas indumentarias tiene algo más de miga que el análisis de los colores, las telas o el nombre de quien las diseña. En el libro la amasa la periodista Aïda Camprubí:“Un toque de marca muy evidente siempre hace que el outfit luzca caro, aunque el resto sea fake. Lo importante no es solo ser, sino parecer, y cuando no eres rica solo te queda pillar ese toque de realness, verosimilitud”. Así, sin complejos y casi en Spanglish, se enlaza lo accesorio (uñas, leggins, chándal)  con lo importante (la indumentaria como protección y como power), gracias a declaraciones de Ana Murilla, estilista de Bad Gyal o Rosalía.

Por eso dice Camprubí que las uñas que enseña la cantante en “Aute Couture” son también “un arma de defensa, una demostración de poder frente a las amenazas externas”, especialmente por ser mujer, algo que conecta con la visión de género que tan bien desarrolla la misma autora en el capítulo que le dedica al reguetón. Un momento, aquí hace falta un parón: no entréis en ese episodio como el New York Times me llamó a mí. Hacedlo sin prejuicios y partiendo de la premisa, indicada por Camprubí, de que el perreo hay que entenderlo como otra forma de expresión artística. Ysi las mujeres aparecen hipersexualizadas e hiperfeminizadas es porque así lo deciden. De una forma parecida lo resumió La Zowi, prologuista de Makin flu$, en la entrevista que le hizo en 2018 El Bloque TV: "Claro que soy consciente. La Zowi no sería lo mismo sin eso [capital erótico], sin esa imagen. Pero para nada quiero transmitir nada de superficialidad".

Elogio de la fealdad

En otro capítulo Alicia Álvarez sigue con el tema del aspecto cuando habla de la exaltación de la fealdad como una de las aportaciones estéticas de la música urbana al mainstream. Una fealdad que a veces se ve en la ropa, una fealdad que es expresión de un grito de rabia, de pobreza (por eso entre otros motivos sus letras hablan tanto de dinero), o de ambas cosas, nos cuenta Álvarez. Por eso Yung Beef siempre quiere salir feo. Por eso Rosalía se afea, aunque siga saliendo guapa. Y a nadie se le escapa que los medios convencionales, lasmarcas y un público más amplio que no aceptaría el discurso descarnado de Yung Beef, recibe con los brazos abiertos a la catalana. Incluídas las marcas, que enseguida vieron en la música urbana, fea o bonita, lo atractivo de su envoltorio y un modo directo de llegar a un público difícil: los jóvenes.

Lo resume mejor Alba Blasi,parte del equipo de management de Bad Gyal y El Guincho, en Makin flu$: “Yo creo que las marcas quieren los seguidores del artista, y en su mundo ideal además quieren que el artista sea clean, estándar, políticamente correcto, guapa y que no la líe*. O que la líe si eso atrae a ese público que se resiste. Y cuando eso ocurre, entra en juego otro concepto tan de este tiempo: viralidad. Para explicar su papel en esta historia, deb entrar en escena Blanca Martínez aka hjdarger, mano del hierro contra el papanatismo, que habla en esas páginas de cómo esos artistas exponen sin problemas una intimidad que ella llama “corrosiva”. Es la que provocó que alguien (un señor, apuesta Mártínez) hiciera perfiles falsos en redes haciéndose pasar por artistas como la Zowi o la misma Rosalía. Pero si lo hacen, dice Martínez, es porque "conocen la automitología", una construcción de sus orígenes, su épica y sus intimidades que han haciendo en directo. Por eso todo el mundo sabe cómo hablan, qué piensan, cómo posan y pueden imitarlos.

“Al venderse a sí mismos, como nos vendemos todos, el tiempo de producción antes solitario e íntimo pasa a ser un artefacto público considerado tan importante como la propia música. El álbum o la mixtape se convierte en trofeo final, convertido en supuesto broche de diamantes o mero teaser publicitario que pone fin a todo un proceso de transformación, aprendizaje o historia a contar”, expone hjdarger junto a Aleix Mateu en un capítulo conjunto donde no señalan precisamente a Rosalía como la mejor en eso, sino a su ex: C. Tangana. “Resulta imposible e injusto separar hoy al artista no ya de su obra, sino de su viralidad”, afirman quienes firman el capitulo. Y así es también como logran ser mainstream. Y llegan a todo el mundo, conozca o no el polígono, sepa o no lo que es una mixtape. Incluídos los medios.

Los medios

"Esta generación musical, además de evidenciar el cambio de paradigma comunicacional (clickbait, fake news, hateo en redes sociales…) ha puesto de manifiesto que —también en el periodismo— hacía falta renovar filas”, expone Alicia Álvarez dándole, con mucha elegancia, un porrazo al oficio sobre el que reflexionó en su doctorado y sobre el que da clases en la universidad. Los medios mayoritarios no sólo hicieron el vacío al movimiento, para luego acogerlo con sus propias normas, sus titulares y sus intereses, entre los que no estaba nunca (como en el flamenco) el objetivo de informar sin más. Más tarde, al ver el tirón, intentaron fagocitarlo y por eso, por ejemplo, Operación Triunfo invitó a C. Tangana.

Éste, acudió, actuó y se marchó sin hablar con los concursantes ni el presentador. Así le explica a Álvarez en el libro por qué lo hizo: “Ellos me ofrecieron un programa, yo les ofrecí un personaje controvertido y cada uno pues jugó su partida”. Quería aprovechar esa plataforma, "hacer la pantomima del propio personaje de C. Tangana que no pinta nada ahí", pero no formar parte de un teatro. Como dice El Madrileño, "hacer un acto perfomático". Es decir, ponerle condiciones a la oferta.

La gente de El Bloque recibió un trato parecido al de los músicos urbanos. Cuando decidieron abrirl el canal de Youtube e informar por su cuenta, no encontraban patrocinio. Cuando lo encontraban era rácano. Y cuando un canal de televisión les decía "no" a producir su idea, veían cómo se la robaban y la emitían más tranquila, menos rotunda: edulcorada. Por otro lado, hasta una parte de la prensa alternativa las acusaba de no saber de música, ni de escribir. Y las intentaban domesticar. A no pocos les incomodaba su frescura, también que usaran memes, capturas de facebook, emoticonos o audios de whatsapp como fuentes de información. Un meme es absurdo si no es pertinente, si no aportada nada, si se usa mal. Pero lo mismo pasa con una cita convencional.

Quienes arrugaban tanto el ceño ni siquiera miraban para qué estaban ahí esos recursos ampliando el lenguaje hasta el punto de estar creando uno nuevo. Pero bastaba detenerse un poco para ver que los usaban para lo de siempre: contar, comunicar, llegar. Y para crear una comunidad. “Toda música va de tejer una familia y de sus inquietudes culturales”. Lo afirma Camprubí en esas páginas y apunta a uno de los motivos por los que sentí que no acerté con el New York Times: porque faltaba una pata, porque además de más gitanos dando respuestas, faltaban preguntas sobre "esa familia" de la que habla Aïda. Porque estábamos explicando a Rosalía (y a La Zowi, y a Bad Gyal…) sólo a pedazos, por el envoltorio, desde muy lejos y desde fuera.

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