Fran Lebowitz es la amiga hater, brillante y divertida que todos querríamos tener y lo demuestra en su documental sobre Nueva York en Netflix

Fran Lebowitz es la amiga hater, brillante y divertida que todos querríamos tener y lo demuestra en su documental sobre Nueva York en Netflix

En el mundo de las series -verlas es casi lo único que podemos hacer en estos días de coronavirus y tiempo polar- es fácil quedar desfasado. Si hace unos días no podíamos parar de hablar de Los Bridgerton(y de las series y pelis con las que superar el final de su primera temporada), ahora recuperamos el aliento para fascinarnos con Supongamos que Nueva York es una ciudad, una serie documental dirigida por Martin Scorsese y protagonizada por la escritora y cómica Fran Lebowitz, neoyorquina empedernida.

Ser capaz de levantar un documental básicamente contando anécdotas es una proeza al alcance de muy pocos. En España, por ejemplo, tenemos a Fernando Fernán Gómez en La silla de Fernando (David Trueba y Luis Alegre, 2006), a Chicho Sánchez Ferlosio en Mientras el cuerpo aguante (Fernando Trueba, 1989), o a la simpar Julita Salmerón en Muchos hijos, un mono y un castillo (Gustavo Salmerón, 2017). Fran Lebowitz es una de esas personas.

Lebowitz nació en Nueva Jersey en 1970 -los neoyorquinos, como los de Bilbao, nacen donde quieren-. Siempre fue una estudiante pésima, poco interesada en seguir las normas, a menudo arbitrarias (siempre en el equipo de Fran), y la expulsaron de la escuela de chicas a la que acudía sin llegar a graduarse. Poco después de los 18 se mudó a Nueva York y allí sigue, sin intención de marcharse.

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Nadie lo adivinaría, sin embargo, por lo mucho que se queja de la Gran Manzana en ‘Supongamos que Nueva York es una ciudad’. Pero es que sin queja -audaz, certera y, sobre todo, divertida- no habría Fran Lebowitz. Esta mujer magnética lleva décadas sin escribir, un bloqueo frente a la hoja en blanco causado, seguramente, por su propia capacidad crítica. Pero fueron sus ensayos los que la hicieron famosa. En los 70 y 80 colaboró con columnas en Interview, la revista de Andy Warhol (ambos no se soportaban, por cierto) y Mademoiselle.

Durante las décadas más peligrosas de Nueva York -Lebowitz recuerda que los que vivían allí no eran conscientes; simplemente así era la ciudad- trabajó como limpiadora doméstica o taxista. A la vez, iba a las fiestas de Studio 54 y se dejaba fotografiar por Robert Mapplethorpe. Desde los 90 lleva tratando de acabar una novela sobre los ricos y los aspirantes a artistas neoyorquinos, y entre tanto se ha ganado la vida opinando.

Ha aparecido en programas como el late night de David Letterman y a menudo (en una era pre coronavirus) se embarcaba giras dando conferencias ofreciendo su punto de vista sobre todo tipo de cosas. Uno de sus temas favoritos, y sobre el que habla a menudo en ‘Supongamos que Nueva York es una ciudad‘, es la gentrificación: sí, Fran también odia a los turistas y las tumbonas en Time’s Square. Con Scorsese ya había rodado, además, un formato similar en 2020 para HBO: ‘Public speaking’.

Feminista declarada, nunca ha ocultado que es lesbiana y una “novia horrible”, además. Su particularísimo estilo se mantiene intacto desde que tenía 20 años: americanas y camisas masculinas, gafas de carey, Levi’s, botas de cowboy. Es legendaria su colección de libros, ronda los 10.000 volúmenes, y su pasión por fumar. Y apostamos que nunca ha repasado mentalmente una discusión en la ducha para dar con la que hubiera sido la réplica perfecta. Fran Lebowitz siempre tiene LA respuesta.

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