Javier Cámara: “No puedo más. Física y emocionalmente, estoy tocado”

Javier Cámara: “No puedo más. Física y emocionalmente, estoy tocado”

“Tiene el don de hacer feliz a la gente; te ríes mucho con él y te da vitalidad”, asegura Carmen Machi al hablar de Javier Cámara (Albelda de Iregua, La Rioja, 1967), su gran amigo y compañero de fatigas en incontables rodajes. Así que el equipo de Mujerhoy estaba avisado: por la puerta del hotel entraría una fuerza de la naturaleza que nos iba a alegrar un pandémico día de invierno. La realidad supera todas las expectativas. Cámara, nominado este año a todos los premios por sus personajes en la película Sentimental y la serie Vota Juan, pide un refresco sin azúcar porque afirma estar a dieta, se asegura de que puede quitarse la mascarilla –“Tengo la nariz trepanada de que me hagan tanta PCR”, dice– y saluda a todo el que se cruza en su camino. Posa para la fotógrafa sin dejar de aportar sugerencias, mientras intercala y escenifica desternillantes anécdotas de sus inicios junto a Lina Morgan y Andrés Pajares. Casi tres décadas, más de 30 películas y numerosos reconocimientos después, el 7 de mayo estrena El olvido que seremos, la cinta dirigida por Fernando Trueba basada en el libro del mismo título del colombiano Héctor Abad Faciolince que rinde homenaje a la figura de su padre, Héctor Abad Gómez, un activista por los derechos humanos que fue asesinado en Medellín por grupos paramilitares. El reciente Goya a Mejor Película Iberoamericana reconoce, entre otras cosas, el inmenso trabajo del actor riojano.

Mujerhoy. Interpretar a Héctor Abad Gómez, una figura idrolatada en Colombia, siendo español, es un acto de valentía.

Jjavier Cámara. Había gente que me decía: “No se te ocurra hacer esa película, no eres colombiano”. Pero yo me atreví porque pensé que, bueno, si fracaso, en España me seguirán dando trabajo, ¿no? Fernando Trueba y su mujer [la productora Cristina Huete] me recomendaron El olvido que seremos cuando fui a Colombia a rodar Narcos y la historia me emocionó muchísimo. Es un libro que me ha perseguido y, desde el primer momento, pensé que era para mí.

“Después de cinco años de terapia, he aceptado que soy una persona sensible y frágil.”

¿Por qué?

Es una historia entre un padre y un hijo que yo no viví. Tuve padre, pero no tuve esa relación. Me hubiera fascinado que mi padre fuera así; todos soñamos con tener un progenitor que confíe en ti, que te quiera de forma incondicional, que sea tan admirable, tan abnegado, que luche por la educación, que esté del lado de los más necesitados… Aunque también recibí mucho afecto, tuve una adolescencia complicada, no traumática, con mi padre. Era músico y el tipo más divertido del mundo, todos mis amigos estaban enamorados de él, pero también tenía mucho carácter y no nos llevábamos bien. Cuando volví a leer El olvido que seremos para hacer la película estaba a punto de tener a mis hijos y el libro está completamente subrayado por mí como padre, no como actor. Pensaba: “Esto lo tengo que hacer”, “me comeré mis palabras pero dejaré que él o ella tome sus propias decisiones”… Es el libro perfecto para padres primerizos.

“Siempre quise ser padre y estoy absolutamente loco con mis hijos. Pero este año ha sido raro, tenso, oscuro… “

¿Está disfrutando de la paternidad?

Siempre quise ser padre y estoy absolutamente chocho con mis hijos. Pero este año ha sido raro, tenso, oscuro… Yo me decía: “Estás en una situación privilegiada, tienes trabajo y te pagan bien, relájate, tómate un poco de tiempo para ti, disfruta de tu casa y de tus hijos”. Pero no puedo más, física y emocionalmente estoy tocado. Si empatizas un poco con la situación que estamos viviendo, nadie puede sentirse del todo feliz. Además, no llevo bien la incertidumbre; si me dices que puedo ir a Helsinki, aunque no vaya a ir, yo ya me relajo.

¿Antes de la pandemia sí era feliz?

Sí, pero creo que es más una actitud ante la vida. Como soy frágil emocionalmente, intento que haya una cierta positividad en todo lo que me rodea. Hace mucho tiempo que no soporto el mal rollo en el trabajo o que alguien me grite en un rodaje. Todos nos equivocamos y no pasa nada. Cuando la gente empieza a murmurar “a ver de qué humor viene hoy fulanito”, lo paso fatal. Me encanta lo que hago y, con el paso de los años, me he dado cuenta de que, además de la responsabilidad de interpretar bien mi personaje, tengo que transmitir buena energía y hacérselo pasar bien a la gente que está alrededor. Yo llego al rodaje preparado y tengo una sonrisa para todo el mundo.

Después de casi tres décadas de carrera, ¿toca hacer balance?

Empecé a trabajar en el 92 y cuando me lo dicen no me lo creo. Me veo con 54 años y me acuerdo de lo que dijo un actor: “Hasta los 50 no te examines, haz todo lo que te ofrezcan, aprende, comete errores, perdónatelos… Y pasada esa edad, mira para atrás y valora lo que ha salido bien o mal”. Ahora estoy en ese momento. Quiero ser como José Sacristán, que tiene 83 años, trabaja con directores noveles o se enfrenta a un monólogo en el teatro. Me gustaría llegar a esa edad sano para hacer cosas arriesgadas. Hay que estar dispuesto a vivir aventuras y a dejarte sorprender, en el trabajo y en la vida. Me costó tiempo descubrirlo; antes era más mojigato, como que pedía perdón constantemente.

¿No acaba de creerse hasta dónde ha llegado?

¿Quién no ha sufrido el síndrome del impostor? Durante mucho tiempo, me asaltaba la sensación de que iba a venir alguien a decirme: “Ya está, tu momento ha acabado”. Ya no. He hecho papeles preciosos, he trabajado en producciones internacionales, me han premiado mis compañeros, he dirigido un capítulo de Vota Juan y repetiré en la tercera temporada… Cuando participas en proyectos más banales, te planteas si durarás en este oficio pero, poco a poco, te vas demostrando cosas y te haces más fuerte.

“Hace mucho tiempo que no soporto el mal rollo en el trabajo o que me griten en un rodaje.”

¿Fue a estudiar interpretación a Madrid huyendo de su pueblo o por vocación genuina?

¡No tenía ninguna vocación! Me ahogaba en Logroño y mi profesor de Historia me aconsejó que, como iba a repetir curso, no perdiera un año y me fuera a la Escuela de Arte Dramático de Madrid, donde solo pedían 2º de BUP. ¡No era fácil aprobar, pero lo conseguí! La caída del caballo fue en una clase de interpretación del dramaturgo José Luis Alonso de Santos. Entonces nunca quería salir a actuar, tenía mucho que esconder y solo quería mirar, pero en un ensayo pensé: “No me quiero ir de aquí y tengo que hacer todo lo posible para que esta gente no me eche”. No tenía muy claro qué había que hacer para ser actor, pero allí era feliz.

Personifica el triunfo del hombre normal.

Tuve una profesora que me dijo: ”Javier, vas a hacer teatro muy bien, es lo que te gusta y tienes el ritmo y el tono adecuados, pero cine y televisión no porque tienes los ojitos muy pequeños y te va a faltar pelo”. Y yo la creí. No me lo tomé como un insulto; asumirte físicamente en una profesión en la que hay gente tan bella y, encima, algunos con talento, es fundamental. Yo me he dado mucha cuenta de mis errores cuando los veía en otros. Cuando escuchaba a alguien decir que quería ser Marlon Brando y no tenía nada que ver con él, pensaba “qué equivocado está porque al final no va a ser nada”. Sin embargo, la gente más práctica no tiene unos sueños muy grandes. Hay que tratar de ser uno mismo y yo he sido como una esponja.

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