No lees libros superventas, te niegas a escuchar audiolibros… sí, eres un SNOB (y porqué deberías estar orgulloso y llevarlo con estilo)

No lees libros superventas, te niegas a escuchar audiolibros… sí, eres un SNOB (y porqué deberías estar orgulloso y llevarlo con estilo)

¿Acaso hay algo más esnob que hablar de los esnobs? Asegurar no serlo sin haber analizado antes nuestra actitud ante las cosas, pues es ahí donde el esnobismo se esconde. La sobreactuación también lo define, y es la que caracteriza al personaje de Emma Woodhouse, que en el renacer esnob acariciado por la ficción llega a la gran pantalla con la adaptación al cine de Emma, de Jane Austen, para obligarnos a plantear por qué amamos a un personaje tan manipulador. La razón es que tanto el libro como la película dejan claro el carácter elitista de la joven. He aquí la norma número 1 del neo esnob: lo mejor es presumir de serlo desde el primer momento, pues si se quita la máscara de forma repentina incomoda más que sus petulancias.

Cuando en On the rocks, la nueva película de Sofia Coppola (Apple TV), sus protagonistas, Rashida Jones y Bill Murray, recorren Manhattan en un Alfa Romeo Giulietta color cereza (inequívoco activo para ser un buen esnob) mientras disfrutan de champán Krug (sumamos un punto extra) y de una enorme caja de caviar americano (¡el esnobómetro estalla!), Murray deja escapar un comentario que lo retrata y que irrita: pese a no ser Beluga, ese caviar “no está mal”, asegura. 

Norma número 2: el esnob antes miraba con desprecio a quien no leía (la protagonista de la película de Coppola combina su bolso de Chanel con un tote bag de Strand, librería fetiche de los estirados neoyorquinos) y a quien no tuviera en sus estanterías determinados libros. Desconocemos qué pensaría de lo que Thomas Wolfe dice en Del tiempo y el río: “Los que dicen que no leen más que lo mejor no son, como algunos los llaman, esnobs. Son tontos”. Que quede claro, lo decía Wolfe…

El tiempo, lo único que no puede ser comprado, es una de las claves del esnob actual, que puede pausar su vida para leer.

El arte y los libros son analizados para conocer a quien los posee (un esnob se horrorizará ante la reproducción de un Dalí, pero aplaudirá el Venus y Cupido, de Artemisia Gentileschi, bajo el que duerme Tilda Swinton en La voz dormida, de Pedro Almodóvar). Sin embargo, en una zancadilla para los más elitistas, el auge de los audiolibros y de los libros digitales ya no les permiten juzgar el valor cultural mediante objetos. ¿Qué les queda, entonces, como termómetro moral y cultural? El tiempo, lo único que no puede ser comprado y que pasa a ser la tercera clave del esnob actual, que al valorar el privilegio (porque lo es) de poder pausar la vida para leer, desprecia al que con su audiolibro compagina la literatura con otra actividad.

El tiempo es oro y el esnob juzga la forma en la que cada uno lo emplea, por lo que valora los cuidados platos que apasionan a los foodies más exigentes. “Un emplatado muy minucioso, con muchos detalles, que denota horas y personal trabajando detrás, puede simbolizar poder en el sentido que se interpreta como algo de cierto prestigio económico que no todo el mundo puede pagar”, asegura Vega Hernando, directora creativa de Eating Patterns Studio y autora del libro Eat! (Ed.Planeta).

Pero cuidado, porque, aunque es habitual que en las redes abunden imágenes de platos perfectos, la norma número 4 es que el esnob no odia la tecnología, sino que la abraza para sobrevivir. Por eso no necesita ya acudir a un restaurante exclusivo para que sus digestiones tengan categoría premium. El espectro take away se vuelve ahora sibarita. Pedir comida a domicilio ya no está mal visto por el neo esnob, pues en cada pedido se busca la excelencia y puede estar tranquilo al saber que su pedido no es uno más de la comanda. “Del mismo modo que me preocupa la estética de cada plato en mis restaurantes físicos, me preocupa que cada pedido llegue perfecto –explica Dabid Muñoz, que a través de Glovo distribuye su marca GoXO en Madrid y Barcelona–. Hablamos de platos de sabores sorprendentes con creatividades que son fáciles de entender, pero los procesos son de alta cocina”.

Quizás te preguntes si el esnob no va de fiesta: lo hace, por supuesto. La norma número 5 indica que se divierte en templos exclusivos como el madrileño club Matador, cuyos socios, tras ser aprobados por una comisión, han de pagar 450 € como cuota de ingreso y 1.410 € para ser socios generales. Hablar de dinero es vulgar y nada esnob, pero al final, por más que aseguren valorar la creatividad y la cultura por encima de todo, el dinero es a menudo la llave de entrada a su mundo. Aunque esta norma no deberíamos dejarla por escrito.

Volviendo a la pregunta que nos hacíamos al principio, ahora nos queda claro que lo más esnob es ser un esnob inverso, aquel que vapulea a los eruditos y tiene una situación privilegiada. Al final, ser cool es tan fácil (y asequible) como dejar de mirar por encima del hombro. Pero ser esnob es mucho más complicado y por ello, en cierto modo, es todo un arte.

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