Papá, ¿me cuentas una historia?

Papá, ¿me cuentas una historia?

"Junior tiene 627 días de vida y ya acumula 115 libros. Dieciséis de ellos son de dinosaurios, siete emiten música —aunque dos tienen ya la pila de botón un poco constipada— y acumula hasta cuatro ediciones distintas de El Principito. Quitando Donde viven los monstruos y algún que otro capricho pop de su madre y mío, la temática más repetida son los animales, aunque, para su disgusto, en casi ninguno aparecen “mingüinos” ni “minos”, su forma esforzada y vaga respectivamente de llamar a los pingüinos.

Hay otros como la ardilla o la cebra que le cuesta identificar, y no soy ambicioso con que diferencie aún el ciervo de la cierva o del cervatillo. En su lugar alucino cuando detecta un elefante por poco definido o pequeño que sea si ve una trompa, un búho si adivina unos ojos grandes y alas y que no llame "píos” a estos últimos igual que no lo hace con gaviotas, pelícanos y flamencos.

Distingue muy bien también al pollo Pepe y disfruta mucho metiéndole cochecillos en la boca antes de que le engulla la nariz por sorpresa con su pico pop-up mientras él estalla en carcajadas como Julia Roberts cuando le comía la mano el joyero en Pretty Woman. De cómo a veces selecciona su lectura del día arrojando 40 de sus 115 libros por toda el cuarto hablaremos otro día".

Garabateé esos tres párrafos en una nota del móvil hace dos veranos y solo ahora soy consciente de cuánto ha evolucionado porque los cambios en un niño son tan lentos que solo pueden verse con perspectiva. Ahora ya no le chiflan los animales —ni prehistóricos ni actuales— pero se sabe todos sus nombres mejor que yo. En su lugar prefiere superhéroes y unos muñequitos diabólicamente baratos y adictivos llamados Super Things. Imagino a muchos padres asintiendo mientras explico que se sale peor de esa colección que de las drogas. Por suerte la biblioteca no ha crecido en la progresión exponencial que apuntaban sus primeros meses de vida porque, una vez que amigos y familiares ya han regalado y/o donado sus favoritos, la cosa se relaja bastante.

Existe un ritual repetido por casi todos los padres recientes que conozco: leer cuentos al niño cuando está a punto de acostarse, experiencia gratísima para casi todos los encuestados. Ese momento de interacción en el que el cuidador desvela universos de fantasía al pequeño te hacen casi tan interesante como la televisión, con la ventaja de que ahí los ojos no les pican. Si el niño baja la guardia, será momento de confidencias, y no hay nada mejor que entrar en ese círculo. Aprecian la hipocresía fácilmente, así que es un club muy exclusivo.

Hace apenas unos meses resultaba muy saludable encomendarme a los mismos libros de siempre, los que había aprendido de memoria, los que me permitían leer sus líneas como si fueran braille casi sin necesidad de detenerme en las imágenes, lo que sucedía bastante a menudo por puro agotamiento físico. Cierto día descubrió que yo guardaba algunos tebeos de grapa de Spiderman y de repente se convirtieron en su tesoro más preciado. Contra pronóstico también aquello prescribió.

Es precisamente debido a esa nueva querencia por las criaturas de Marvel y DC que Junior ya no quiere que le lea. Ni los cuentos más sencillos ni esos atajos míos hacia la adolescencia que son los libros ilustrados de Harry Potter o la novela gráfica de Matar un ruiseñor que no sabía que necesitaba y que ayer llegó a casa. “Mejor cuéntame una historia”, dice. Eso significa que debo coger dos o tres de los muñequitos que tenemos a mano e inventar universos sencillos en los que interactúan buenos y malos y se hacen amigos o enemigos. Los Super Things tienen ojos blancos o amarillos dependiendo de si son Héroes o Villanos y ahí la cosa realmente funciona más fácil que en la vida real, donde nos movemos con dobleces, grises y sin ese letrero luminoso sobre nuestras cabezas —tan necesario— que nos chiva si somos de fiar.

Son historias maniqueas las que me pide, pero exige que sean muy largas, y siempre lucha denodadamente contra sus ganas de dormir independientemente de la hora que nos haya dado. “¿Podemos seguir haciendo la historia?, que todavía no se ha acabado…”. Ya puede llevar bostezando media hora y yo haberle contado tres odiseas. Siempre preferirá vivir a dormir. El día no acaba hasta que se ha empachado y la verdad es que entiendo que quiera su lacre perfecto porque así es como me manejo yo en mi sistema de recompensas: una película, una buena lectura, sentarme media hora con los pies encima de la barandilla de la terraza mientras escucho en bucle 1979 de The Smashing Pumpkins. Junior no diferencia “hoy” de “mañana” ni sabe si “esta tarde” pertenece al día presente; él quiere todo ahora y tengo que empatizar porque yo haría exactamente lo mismo con todo si no hubiera un adulto velando por mí y corrigiéndome hacia el carril. Forzando los límites es como acabas encontrando tu espacio y tu voz.

El otro día entornó los ojos y sonrió con malicia después de chantajearme para ir al baño y marear un rato en la taza.

-¿Me puedo pesar en la báscula?
-Claro, hijo.
-¿Cuánto peso?
-17 kilos y 200 gramos.
-¿A que eso es un montonazo?
-Sí que es un montón.
-¿A que eso es, por ejemplo, 40 kilos?

“Hacemos las cosas que nos gustan porque nos vamos a morir”, leí en una pintada callejera y me gustó. Lindaba con la autoayuda pero también con el más socialmente aceptado carpe diem, y ahora me lo repito cada vez que quiero evadirme de mis responsabilidades de oficinista. “Hacemos las cosas que nos gustan hasta que nos vamos a dormir”, le adivino pensando a él. Y entonces tengo que contarle otra historia porque yo soy la dinamo de ese niño, el motor que puede hacer la diferencia entre un día bueno y uno excelente. Y quién soy yo para decirle que estoy cansado si quiere —si necesita—, si se ha encaprichado con que permanezca a su lado un poquitito más.

Los momentos en que llevo más de media hora fabulando tramas shakespearianas muy descafeinadas sé que estoy optando al trofeo del padre del año, pero él se muestra impasible concentrado en mis movimientos de manos. Y más vale que no le pregunte por nada de lo que estoy diciendo, que no trate de interactuar con él demasiado. Si invento que FlashIronManThor (en algunas historias los superhéroes se funden unos con otros) van subidos en un rinoceronte y me intereso por si prefiere a estos antes que a los hipopótamos, responde sin mirarme: “¿Me la cuentas?”. No hay espacio para la reflexión, solo campo ancho para contar ese cuento infinito, como el de la amiga aquella de Alejandro Sanz a la que siempre llamaba princesa.

La cosa se ha agravado últimamente porque ahora Junior me pide historias al menos 15 veces al día. Cuando llega a casa, mientras cenamos o si lo acompaño a hacer pis. “¿Me haces una historia?”. Yo le invito a que haga las suyas propias, a que fabule. Si estoy muy necio o muy cansado le digo que tengo el cerebro frito después de inventar cinco funciones con muchos personajes y tramas secundarias. “Pues cuéntame la de antes otra vez”, un argumento irrebatible que me hace empezar de nuevo en lugar de explicarle que a veces necesito desconectar el cerebro por pura supervivencia. Como decía el escritor interpretado por Michael Douglas de su amante Frances McDormand en la exquisita Jóvenes prodigiosos: “Soy capaz de generar la droga de su preferencia”.

Habrá un día en que me cambie por su pandilla o los videojuegos y entonces me lamentaré por no ser ya el centro de su universo. Él seguirá preso de estímulos y recompensas inmediatos, tengan el formato que tengan, y yo quejándome porque entonces me cansaba mucho y ahora no me canso lo suficiente. Se acaba de despertar y me ha dicho que ha traído todos los Super Things al salón “por si luego queremos hacer una historia”. Aunque seguro que serán tres. Pues qué suerte, ¿no?

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