¿Por qué todo el mundo espera que las chicas de la Generación Z (famosas y activistas) salven la democracia y hasta el planeta?

¿Por qué todo el mundo espera que las chicas de la Generación Z (famosas y activistas) salven la democracia y hasta el planeta?

Rudy Giuliani es mi padre. Por favor, vota a Biden y a Kamala Harris”. El mensaje no puede ser más directo: no tiene pérdida. Se trata de una petición de la hija del exalcalde republicano de Nueva York para que sus seguidores no voten a Donald Trump. “Puede que no pueda hacer que mi padre cambie de opinión, pero juntos podemos sacar a esta administración tóxica del poder”, escribe Caroline Rose Giulani en su perfil de Instagram.. “Créeme cuando te digo que huir y pasar de todo no solucionará el problema. Tenemos que luchar. La única forma de acabar con esta pesadilla es votar. No hay esperanza en el horizonte, pero solo la conoceremos si elegimos a Joe Biden y Kamala Harris”, insiste. “Si algo me ha enseñado ser la hija de un alcalde polarizador, que se convirtió en el bulldog personal del presidente, es que la corrupción comienza con los ‘sí señor’ y las mujeres aliadas que crean una cámara de resonancia de mentiras y sumisión para mantener su proximidad al poder”. Más claridad, imposible.

No es la primera hija de familia republicana que e pasa ‘al enemigo’. La ya famosísima Claudia Conway, hija de Kellyanne y George Conway, ha orquestado una campaña extraordinaria en TikTok que incluye acusaciones sobre la toxicidad de Donald Trump y de sus propios padres. y ha metido más gas al ya enorme globo que está celebrando por adelantado la victora demócrata en las próximas elecciones estadounideses. Fue ella la que desveló que su madre y otros asiduos de Trump se habían contagiado de coronavirus en el acto de presentación de Amy Coney Barrett como candidata al Tribunal Supremo, un evento en el que no se tomó precaución alguna para evitar a transmisión del virus.

Estas jóvenes famosas y todas las que se manifiestan contra el gobierno Trump en convocatorias feministas y de Black Lives Matter hinchan el globo que celebra desde ya la victoria demócrata en las próximas elecciones presidenciales. La burbuja se alimenta desde múltiples frentes, pero sobre todo desde la viralidad: no solo son espectaculares las deserciones familiares de unas y la energía de la ilusión de las otras, sino que sostiene el relato de una brecha generacional que posterga irremediablemente un mundo más justo y sostenible.

En Europa, las manifestaciones feministas y en defensa del planeta se construyen con imágenes muchas veces similares: son niñas y mujeres muy jóvenes las que aparecen muchas veces en primera fila. Resulta inevitable pensar que la viralidad favorece cierta explotación de la imagen de estas jóvenes activistas, más atractiva y menos ‘agresiva’ que si los protagonistas fueran masculinos o tuvieran otra edad. Y, de nuevo, conectan sus demandas con una generación que aún está muy lejos de poder llegar al poder e incluso poder votar. Como si no fueran posibles ya mismo.

La irrupción de tantas jóvenes activistas como abanderadas de causas políticas está suscitando reflexiones interesantes, por ejemplo al considerar la cantidad de ataques a los que se exponen por parte de adultos con distintas posiciones políticas. Greta Thunberg, cuya experiencia como niña líder de la causa climática parece imbatible,planteó la cuestión ante la Asamblea de las Naciones Unidas en septiembre del año pasado. “Todo esto está mal”, dijo con su característica crudeza. “No debería estar aquí. Tendría que estar en clase, al otro lado del océano. ¿Y todavía decís que nosotras traemos esperanza? Cómo os atrevéis”.

A pesar de las advertencias de Thunberg, las expectativas depositadas en la generación Z no dejan de crecer. No solo en la lucha por el planeta, sino incluso como fuerza motriz para cambiar muchas industrias, mismamente la de la moda. Convertidas en heroínas y en la reserva universal de la esperanza planetaria, sus discursos, acciones y manifestaciones pueden terminar justificando que las generaciones adultas no tomen las decisiones que se les deben a estas jóvenes hoy. Podemos celebrar sus campañas y viralizarlas, pero no se nos puede escapar que su futuro no está en sus manos, sino en las nuestras.

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