‘El Caso Hartung’: crítica de la serie danesa de Netflix

‘El Caso Hartung’: crítica de la serie danesa de Netflix

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    No hay nada más espeluznante que un asesino misterioso que deja pequeñas figuritas cuando comete sus asesinatos. En la nueva serie danesa El Caso Hartung, el asesino deja atrás hombrecitos hechos con las nueces que suelen asarse en una hoguera en Navidad. ¿Ya te has asustado? Siga leyendo para saber más.

    En 1987, el sheriff local recibe una llamada de que un granjero ha dejado escapar sus vacas, pero cuando se presenta en la casa del granjero, encuentra a tres personas brutalmente asesinadas y a una cuarta gravemente herida. Se aventura en el sótano y encuentra su propia muerte, pero no antes de ver a una niña escondida bajo un banco de trabajo que está lleno de figuritas hechas con castañas.

    Corte a Copenhague, en el presente. La detective de policía Naia Thulin (Danica Curcic) está teniendo relaciones sexuales con su novio, pero como no quiere que su hija Le (Liva Forsberg) lo sepa, lo echa por la puerta antes de que se despierte. Cuando entra en el trabajo, intenta convencer a su jefe para que le dé una recomendación para su traslado pendiente a la división de informática. Pero él se muestra reacio, dado lo buena investigadora que es. La envía a investigar un nuevo caso, emparejándola con Mark Hess (Mikkel Boe Følsgaard), un agente de la Europol al que se le asigna a regañadientes la tarea de ayudar a la policía local.

    La casa donde vivía la víctima está relativamente intacta, pero en un parque infantil del bosque, donde el cuerpo está esposado a un poste, se entera de que le amputaron la mano izquierda. Aunque Hess parece más interesado en vender su apartamento que en el caso en cuestión, encuentra una prueba: un pequeño hombre hecho de castañas.

    Mientras tanto, la ministra de asuntos sociales de Dinamarca, Rosa Hartung (Iben Dorner), vuelve al Parlamento por primera vez desde que su hija Kristine (Celine Mortensen) fue secuestrada y asesinada 12 meses antes. Su marido Steen (Esben Dalgaard Andersen) hace todo lo posible para que la rutina para ella y su hijo Gustav (Louis Næss-Schmidt) sea lo más normal posible. Pero su muerte le afecta más de lo que parece, a juzgar por el quinto de vodka que guarda en su coche y las ensoñaciones que tiene sobre la búsqueda de Kristine.

    Cuando Rosa llega al trabajo, se entera de que ha llegado una amenaza a su cuenta de correo electrónico; contiene fotos de Kristine, tomadas de una cuenta de Instagram que fue cerrada después de su secuestro.

    No hay muchas pistas en el caso de asesinato; Thulin interroga al novio de la víctima, pero Hess se pregunta por qué las pruebas muestran que las cerraduras fueron cambiadas el día anterior a la muerte de la mujer, algo de lo que el novio no sabía nada. Entonces los forenses vuelven con un hallazgo interesante: una huella dactilar del muñeco de castañas es de Kristine. Aunque el jefe de Thulin no quiere que hable con los Hartung, ella lo hace de todos modos. Eso lleva a una posible explicación, pero tanto Thulin como Hess se dan cuenta de que hay algo más en el caso Hartung y en el actual, especialmente después de hablar con el hijo de la víctima actual.

    ‘El caso Hartung’: la crítica

    Durante el primer episodio de El caso Hartung, basado en la novela de Søren Sveistrup, hay momentos en los que las cosas van demasiado lentas. Se habla demasiado y no se da el suficiente impulso a la trama para llegar a su destino. Pero eso se siente a propósito por parte de Sveistrup y sus cocreadores Dorte Høgh, David Sandreuter y Mikkel Serup. Quieren dar al espectador la sensación de que el caso actual no va a ninguna parte. Pero entonces aparece la huella dactilar de Kristine Hartung, y eso hace que la serie tome una dirección que despierte la curiosidad del espectador.

    A estas alturas, hemos visto tantas series como ésta, en las que «todo el mundo tiene un secreto», que empezamos a preguntarnos en qué podría destacar esta serie. Una de las cosas que le da un factor extra de asombro son las propias figuras de castañas. No sé si se trata de algo danés, pero hacer figuritas de castañas parece algo extraño para los niños pequeños, así que ver que se deja una de ellas en cada escena del crimen que Thulin y Hess investigan nos da una forma particular de los icks.

    Pero también está la relación con lo que vimos en inicio, ese caso de 1987. Estamos seguros de que entrará en juego en alguna parte, sólo que no estamos seguros de dónde. Es esa falta de previsibilidad lo que sabemos que hace que la gente siga sintonizando con series de cine negro escandinavo como ésta. Curcic y Følsgaard trabajan bien juntos, incluso cuando parece que Hess está desinteresado en el caso y Thulin quiere estar en cualquier sitio menos en un coche con este tipo.

    A medida que se profundiza en el misterio, será interesante ver cómo cambia su relación de trabajo, y también podremos tratar de averiguar por qué Hess sigue en Copenhague cuando su compañero está en otro lugar, y Thulin es tan reacia a presentar a su pareja a su familia.

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